
Se dice que una forma de sanar el dolor es convertirlo en arte, que a las lágrimas hay que encontrarles un propósito; es por eso que los desamores son tan especiales para los creadores, se convierten en detonadores de sueños, de las más íntimas pasiones. Juan Carlos experimentó su primera desilusión amorosa hace dos décadas y, en medio de esa depresión que lo envolvía, llegó la música por medio de unas lecciones de guitarra durante el verano, sin imaginar que esa semana sería un parteaguas en su vida, un salvavidas en los momentos complicados, un gran proveedor de experiencias y el trabajo de muchos años en el extranjero. Lo que hacemos hoy hará eco mañana y esa era justo la enseñanza de su profesor de guitarra “si practicas diario vas a aprender” y así fue. Saboreando el dolor y ensayando en casa es como Juan Carlos ha crecido por medio del arte, como una conjunción entre pasión y disciplina.
Para él, sus canciones son como tatuajes o cicatrices; “es una imagen que tiene una historia de ese momento específico”; las letras y los acordes estaban escritos, así que se lanzó a la aventura de documentarlo y buscar un lugar donde grabar; fue en el estudio de Blanca Russek donde, un año después de ese desamor, grabó su primer disco. Pronto llegaron nuevas historias en un segundo y tercer álbum.
Dentro de esas pequeñas grandes decisiones de la vida, el artista reconoció que era momento de contar con sus propias herramientas de trabajo. Esa inversión inicial lo llevaría a su proyecto actual, todo su conocimiento comenzó en su estudio, que luego se transformaría en una agencia audiovisual.
La guitarra le dio la oportunidad de enseñar español por medio de canciones a personas de distintas partes del mundo en El Lago del Bosque, Minnesota; vivía aislado en unas remotas cabañas en contacto con la naturaleza, una experiencia que Juan Carlos define como abrumadoramente feliz. En un inicio eran viajes de verano donde coincidía con quienes, más adelante, serían fuentes de inspiración para escribir y experimentar amores con fecha de inicio y vencimiento. El silencio al que antes le temía, en ese bosque le dio paz; ese estado hizo que a partir del año 2010 decidiera permanecer durante cinco años más ininterrumpidamente. ¿Qué lo hizo volver? ¿Por qué dejar ese escenario de tranquilidad? El tiempo que no regresa y los momentos que, si no procuramos, se nos escapan de las manos. La vida le permitió disfrutar el último año con su padre antes de que falleciera dejando, por primera vez, la música y apagando así el switch de sus sentimientos. A veces queremos ocultar nuestra vulnerabilidad, pero cuando permites que se transforme en arte, las debilidades se vuelven fortalezas.
Un lema que siempre tuvo en el radar fue Contemos historias, convencido de que la música y el arte son medios para compartir y exaltar la experiencia humana. Juan Carlos ha decidido hablar de recuentos y reencuentros como una máquina del tiempo para acercar a otros un pedacito de su vida, un proceso terapéutico para quien lo hace y quien lo escucha.
Veinte años después de ese primer acercamiento a la música y de la madurez adquirida al transformar la intensidad de sus emociones a un proceso más analítico de lo vivido, aún queda intacto ese joven que soñaba con grabar un disco y trabajó duro para lograrlo… sin importar el tiempo, sin importar el paso de los años.
En este disco se encuentra homenaje especial para sus padres quienes, a pesar de no entender las locuras de su hijo, lo apoyaron con sus sueños desde el primer día. Aún recuerda a su madre en la cocina soportando el ruido incesante de su música.
Juan Carlos ha decidido abrir la esencia de lo vivido, compartir el sentimiento que puede resonar en otros. Si solo existimos una vez, entonces, contemos historias.
Lucía Olivares / 2021
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