
Fotografiar el iris de una persona es acercarse a un territorio íntimo, casi sagrado. No es solo capturar un color o un patrón irrepetible; es detenerse a observar un universo que normalmente pasa desapercibido. Cada iris guarda mapas diminutos, ninguno es igual a otro, ni siquiera en la misma persona a lo largo del tiempo.
Cuando alguien presta sus ojos para ser fotografiados, ocurre un acto de confianza. Hay que permanecer quieto, sostener la mirada, dejar que la cámara se acerque más de lo habitual. En ese instante, la fotografía deja de ser un gesto técnico y se convierte en un encuentro.
Los ojos contiene memorias, cansancios, curiosidades, silencios. Es un retrato que no necesita palabras.
